Eres un muchacho porteño, culto, de buena familia, pianista, pacifista, idolatras al Mahatma Gandi y a Silo, estudiante de Sociología. Unos amigos uruguayos, jipis fumones como vos, te invitan a La Paloma. Armas tu mochilita, te subes a tu moto Puma ¡Y allá vamos, Uruguay!, partes hacia la vecina orilla. Al llegar a Gualeguaychú, tierra de carnaval, playas y naturaleza, te encuentras con la desagradable sorpresa de que unos talibanes seudoambientalistas han cortado el paso internacional. Tú meditas un rato mientras escuchas a
"Yemaya Assessu" de Deva Premal y decides:
- quedarte junto a ellos, defendiendo las pristinas aguas del río y hacerles el aguante por el bien del medio ambiente y en contra de las aspiraciones de la pastera asesina (pasa a la página 275)
- dialogar con ellos, utilizando todos los conocimientos y sapiencia que la universidad te ha brindado (pasa a la página 371)
- que son una manga de reaccionarios latifundistas, pagados por Buquebus y arremetes contra el piquete a toda velocidad (pasa a la página 127)
- esperar a que oscurezca, con la esperanza de que bajen la guardia y puedas seguir tu camino (pasa a la página 99)
- chamuyarte a esa piquetera hija de Urquiza, la gordita de gafas que te ha echado el ojo, apelando a tu simpatía y tu "savoir faire", para que te franquee el paso (pasa a la página 222)
- cambiar de cruce y dirigirte al norte, al puente Artigas (pasa a la página 400).
Página 99
Al anochecer, tratando de pasar desapercibido, esquivas el retén y pasas sin ser visto. Tampoco te ve un camionero paraguayo beodo, quién a bordo de un
Scania R470 de 26 toneladas, te pasa por encima. Sin embargo, sobrevives, pero deberás sorber tus alimentos con una pajita de por vida, tendrás un ano contranatura y nunca volverás a tocar el piano, ni siquiera la pandereta.
Página 127
Al principio parece que pasarás, pero uno de los telúricos paisanos, al grito de
"¡No atropeye que hay alambrau!", te cruza su humilde "chata" (una
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$183.800) y te hace mierda contra el pavimento. Antes de perder el conocimiento tienes la visión del chacarero, bajando de la chata, garrote en mano...
Página 222
Así lo haces, con éxito. Comienzan a besarse dentro de una carpa y todo parece ir de acuerdo a lo planeado, cuando aparece el novio, el padre y los dos hermanos de la gordita de gafas, quienes te golpean y te sodomizan por turnos. Lleno de hematomas y con el culo roto, te tiran en un zanjón, donde serás picado por mosquitos que te contagiaran dengue, paludismo y fiebre amarilla.
Página 275
Los ambientalistas te toman por un espía de Aníbal Fernández y te cascotean. Se convencen de tu inocencia y te aceptan, te curan las heridas por ellos mismos provocadas, pero en ese momento llega la Gendarmería y te gasean y te cagan a bastonazos. Vas a parar a un inmundo calabozo, donde te vuelven a golpear, por porteño y pelotudo.
Página 371
Los ambientalistas, hartos de tu palabrería intelectualoide e izquierdizante, te golpean, te queman la moto y se roban tus pertenencias. Un perro te mea.
Página 400
Resignado, te diriges al puente Artigas, recitando un mantra y pensando en las enseñanzas de Sai Baba, cuando te quedas sin combustible. Ya es de noche, pero distingues una casita iluminada. Te acercas a la misma, pero eres atacado por una jauría de perros guardianes de variado pelaje. Corres, pero los perros te alcanzan y destrozan a dentelladas los genitales. Después te mean.