La violencia de las hinchadas no es nueva. En el año 532, una batalla entre fanáticos Verdes y Azules terminó con una masacre. Según contó Procopio de Cesarea, la negligencia del emperador llevó la violencia del hipódromo a toda la ciudad. Las violencias en el estadio, y alrededor del estadio, ya resultaban intolerables. Peleas, enfrentamientos entre hinchadas rivales eran frecuentes en aquellos años.Entonces sucedió algo imprevisto: los revoltosos de una y otra hinchada frenaron las hostilidades y se aliaron contra la policía y el gobierno para pedir la liberación de los detenidos. En ese momento, las autoridades cometieron un error fatal: subestimaron la gravedad de la situación, decidieron continuar con las actividades deportivas como si nada hubiera pasado.
Probablemente querían demostrar que unos pocos revoltosos no tenían poder suficiente para alterar la ciudad. O pensaron que la pasión deportiva se impondría a las explosiones de bronca. Los espectadores incendiaron las tribunas, se precipitaron a la ciudad y prendieron fuego la sede de la policía, la iglesia de Santa Sofía, todo el barrio. El 17 de enero intervinieron las tropas tracias fieles al emperador, pero en las callecitas angostas de Constantinopla no pudieron hacer mucho y se vieron obligadas a batirse en retirada a los cuarteles.
El domingo 18, Justiniano volvió al hipódromo, donde las carreras seguían figurando en el programa, con los evangelios bajo el brazo en señal de disposición a perdonar a los revoltosos y no desilusionar a los hinchas. Bajo una lluvia de silbidos y objetos lanzados tanto por los Azules como por los Verdes, tuvo que alejarse a toda prisa. Intervinieron las tropas. Víctimas del pánico, aplastadas por la multitud, sofocadas contra las puertas trabadas, masacradas por los soldados, perecieron treinta mil personas en un estadio con capacidad para cien mil: la mayor masacre de hinchas de la historia.
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